La tecla de la vida. O una vida sin teclas

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A mi ordenador (el pequeñito, ese de un rosa que detesto pero que elegí por razones presupuestarias), se le acaba de caer una tecla. La del seis y el “and” anglosajón, extraña caída cuando se trata de una de las piezas que menos uso en ese teclado que no dejo de toquetear entre tesis a vueltas y artículos varios. Así que supongo que es una tecla vaga. Que los tiempos han cambiado, y que hasta los ordenadores han perdido capacidad de sacrificio (parafraseando a los abuelos que dicen lo mismo de sus nietos). Mi ordenador antiguo, ese que al lado de los modelos que acaban de salir al mercado parece casi antediluviano, también perdió una tecla. Creo, que en este caso, por agotamiento. Era la W. Cada vez que la tecleo, que toco la pequeña protuberancia que ahora ha quedado en su lugar, me recuerda que ahí falta algo.

Y qué curioso, porque cada vez que recorro esa superficie en la que se siente un vacío no puedo evitar pensar que ese ordenador sin tecla no está tan alejado del diferente aroma que tienen las ausencias. Hay quienes se van y dejan en el aire su perfume. Como cuando te despiertas por la mañana y el amante ocasional se ha ido dejando un olor penetrante, el sudor sobre tu piel desnuda, que te recuerda a él pero que no te hace daño, tan leve ha sido su huella. Hay otros que se van y ni siquiera recuerdas que se fueron. Hasta que alguien susurra su nombre, un detalle, una anécdota, y entonces, de repente, vienen a tu mente y se van con la misma fugacidad. Luego están aquellos que son como la W. Su presencia era tan esencial que nunca podrás dejar de recordarlos, porque los recovecos de tu vida te llevarán, como los del teclado, a intuirlos a cada segundo. Pero sí, como la W, también aprendes a vivir aunque no los tengas ahí al lado, aunque sepas que el texto de tu vida, como el de un documento en Word, nunca volverá a estar completo sin ellos. 

¿Quién hablará de nosotros cuando hayamos muerto (en sus recuerdos)?

Me decía L. hace unos días que estaba convencida de que el que había sido su compañero durante cuatro años la había relegado a la categoría difusa de “Las ex”: una hilera más o menos larga, según el currículum sentimental de cada uno, a la que se destina a quienes en su momento significaron algo para alguien pero que acaban siendo relegadas por el tiempo a la categoría de “olvidadas”. Homogeneizadas en el sombrío corredor de lo que ya no importa.

Intentar convencer a L. de que su apreciación era errónea no sirvió sin embargo para calmar mi temor hacia la posibilidad que planteaba. Imaginar que en un tiempo pueda dejar de existir para quienes ahora me rodean y me hacen sentir que cuento. Se dice que sigues vivo mientras tu recuerdo continúa estando presente para quienes que te quieren. Pero la fragilidad de ese recuerdo no es menor que la de las alas de una mariposa. Se mantiene en tus hijos (si los tienes), en tus amigos (hasta que se van), en tus nietos (si te quieren), pero es tremendamente caprichosa cuando se trata del compañero que te ama en un determinado momento. Transitorio. Leve. Intenso y sin embargo, al mismo tiempo tan frágil.

Yo no sé si M., J., S., B. se acuerdan a veces de mí. Si siguen vibrando una milésima de segundo, como yo lo puedo hacer si los evoco. O si estoy ya en la hilera de los arrepentimientos y nunca, jamás, ni en las noches más oscuras de invierno, recuerdan que, al menos un instante, fuimos uno.

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