Ventanas

Me fascinan las ventanas de patios de vecinos. El regusto comunal que dejan en un Madrid que a menudo te sabe únicamente a individualismo. Las conversaciones lanzadas al aire en mitad de la tarde cálida de mayo. Hoy, mi vecina preguntaba a sus hijos si querían filetes o cinta de lomo. La duda existencial del lineal de carnes baratas del supermercado. Y una niña que se adivinaba de Primaria repetía incansablemente un “Oh yeah” con acento de Parla. A través de la ventana, otra vecina me conminó hace meses a sacar los zapatos del alféizar. Quería vender el piso y las zapatillas desgastadas daban mala imagen, me decía. Me negué. Ahí se quedaron, y cada mañana, escuchan las conversaciones en filipino de las criadas de esa misma señora. Quizás ellas, en ese idioma incomprensible que a veces me acuna cuando despierto, también son conscientes de para cuánto da una ventana de vecinos.

Puertorriquiño

Tenía que dedicarle una entrada. Sonreía y tenía nombre de músico. Wagner. “Sí, como el compositor, pero yo no compongo nada”. No importaba. En medio de un lugar sin magia, ponía la luz. Y un día, hablando con S. sobre él, las letras confudieron el camino (o quizás lo buscaron, sabias lectoras del inconsciente) y acabé llamándolo “puertorriquiño”. S. me dijo que nunca podría no querer a alguien con ese nombre. Y ella siempre sabe de qué habla.

Y entonces es cuando te preguntas: ¿cómo algo tan malo pudo estar tan bien?

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