Índice de palabras que detestar: D de “deberías”

Cuando, de pequeña, en mis días de hija única solitaria y feliz, mamá me decía lo que tenía que hacer y no estaba de acuerdo, me invadía una rabia que recorría todo mi cuerpo. De repente, la niña tranquila se convertía en un huracán de llanto y palabras atropelladas. Cuando papá me contó que lo que más odiaba de la mili era que le diesen órdenes, me sentí unida a él por un hilo invisible de odio al “deberías”.

Cuando, años después, un hombre ha intentado sugerirme cómo de larga debería ser mi falda, qué inapropiados son esos tacones, estás más guapa sin maquillaje, no deberías reírte tanto, no grites que nos oyen los vecinos… Acorto la falda, busco los zapatos de 15 centímetros, rescato del baúl de los recuerdos una sombra llamativa que, quizás, debería haber eliminado en mi última limpieza de armario, pero que ahora se convierte en mi aliada.

Cuando, de pequeña, en mis días de hija única solitaria y feliz, soñaba con cómo sería de mayor, me veía recorriendo países sin fronteras con la sola compañía de mí misma. Dejes de hijouniquismo. Ahora, de mayor, en mis días de hija única sociable y no sé si más o menos feliz, he aprendido a disfrutar de las compañías. Y me imagino un viaje compartido, con amigos para los que la obligación no sea ni tan siquiera una opción. Y cuando alguien pronuncia el temido “deberías”, veinte años después de haber sido niña, vuelve a recorrerme la rabia de la pequeña Carmen. Esa a la que nunca perdonaría haber traicionado.

Índice de palabras que detestar: C de conformista

Y entonces aparecía ella: le gustaba porque era tierna, dulce (¿o dócil?), coqueta con un punto de sumisa, entregada, siempre entregada. Había renunciado a su carrera por él y eso era algo digno de agradecer. Deslizaba un beso furtivo entre croqueta y croqueta de calamares y le prometía un par de zapatos para el Año Nuevo. Algún día, ella tuvo aspiraciones. Soñó a cruzar océanos y conocer horizontes, a trabajar por su cuenta. Soñó, incluso (¡qué locura!) conocer a un hombre que fuese, ante todo, un compañero.

Hubo un día en que, de repente, tras un proceso fermentado de presiones sociales y miedos, en el que decidió que permitiría que un nuevo adjetivo pasase a definirla. Había sido pasional, inteligente, testaruda, luchadora en su fragilidad, respondona, difícil de llevar, tierna sólo con aquellos pocos que habían conseguido llegar a su corazón con coraza. Ahora sería, además, conformista. Un marido, una casa, unos hijos, unas mañanas tranquilas, sin tribulaciones, estériles pero acomodaticias, tristes y rutinarias, inmersas en el discurrir cotidiano de las parejasconhijosquehandejadodeamarse.

Cuando tengo sueños que me conducen al conformismo, y vuelvo a casa, y mis amigos de infancia están implantados en él, sólo pienso en un buen lingotazo de tequila con R., y Madrid a nuestros pies.

Índice de palabras que detestar: B de becario

Entonces recuerdas ese tiempo (o quizás lo estás viviendo todavía) en el que eras el primero en llegar y el último en irte. En el que tenías que bregar con jefes a menudo más incompetentes que tú, a los que solucionabas dudas, tapabas agujeros e, incluso, si se terciaba, respondías dudas gramaticales y/o ortográficas en modo diccionario de María Moliner. Entonces (y tampoco ahora) comprendías por qué tu compañero de mesa, eternamente con el ceño fruncido, torpe, lento, caduco ejemplar imposible de renovarse, recibía al final de mes una nómina que triplicaba tu sueldo.

Entonces terminaban esos sesenta días de verano no-verano entre las paredes de la redacción y alguien preguntaba: “¿váis a hacer finalmente cena de despedida los becarios?” Y esa palabra increíblemente te resultaba ajena, extrañamente lejana, perteneciente a otro cuerpo y a otra mente, desde luego no a los tuyos. Y eso porque aunque cobrases tres veces menos y fueses a donde nadie quería ir, el espíritu del trabajo parecía haberte poseído de tal manera que te parecía imposible no formar parte de él a tiempo completo. Pero ahí estaba, tu supervisor, mascullando un “adiós” y preparado ya para recibir, en unos meses, a la siguiente hornada de monillos que trabajaría como tú lo habías hecho, reproduciendo hasta el infinito el engranaje al que tú, aunque odiases esa palabra, también habías contribuido.

Mírate ahora, años después. ¿Te acuerdas de aquel becario que fuiste? Y dime, sobre todo, porque esto es, realmente, lo que me preocupa y lo que detesto: ¿estás dispuesto a colaborar para que otros lo sean mientras tú recoges, indolente, los frutos de su trabajo?

Índice de palabras que detestar: A de apatía

Pongamos que tienes 60 años. O 20. O 40. El número es lo de menos. El caso es que te levantas una mañana y no recuerdas si es lunes o martes. Sólo quieres que llegue el viernes para publicar en tu Facebook, con cadencia semanal, el hecho, conocido por tus 250 (falsos) amigos, de que ya es viernes. Quizás para muchos no tenga especial interés, pero a otros no hace sino recordarles que sí, que efectivamente, que se ha terminado esa semana horrible de jefes, despertadores y “debes” para sustituirla por otro fin de semana de imperativos no tan categóricos, pero no por ello de menor obligatoriedad en su cumplimiento: sacar a pasear al perro, quedar con tu novia, comer con papá y mamá, ver la película de la 2 (ah, ¿o era el Sálvame?). Y entonces, un día, cuando seas viejito, cuando los nietos se sienten en tus rodillas (tendrás que tener nietos, ¿ o qué clase de vida vacía llevarías si no), y te pregunten: abuelo, ¿cómo eras tú de joven? Les responderás: pues una persona normal, niño, una persona normal. Monótonamente normal, académicamente normal, socialmente normal, mortal y APÁTICAMENTE normal.

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