A veces llueve …

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A veces llueve en Madrid. Al principio, uno no sabe si es realmente lluvia o el grifo de la vecina abierto a máxima potencia. Tan poco acostumbrada es aquí su presencia. Y tan ajena, cuando para mí nunca ha sido extraña. Pero si creces con lluvias que traen el silencio y transitan por empedrados y verde, que dejan huella en el ambiente con su olor, esto sabe a poco. A asfalto y a atascos. A un punto de mala hostia en los cruces y en los semáforos. A un invitado poco deseado. Siempre que llovía en Santiago la ciudad se hacía hermosa como una novia a punto de caminar hacia el altar de un matrimonio deseado. Se volvía coqueta y mostraba que ese, en aquel momento, en aquel preciso instante, era su sitio. En Madrid la lluvia cala a las malcasadas, a las viudas depresivas a quienes no se atreven a romper con su vida por más triste que esta sea. A mí me trae siempre la morriña de pies mojados y mochilas cargadas de las tardes de universidad en Santiago, cuando el mundo era un lienzo mucho más en blanco de lo que lo es cuando pasan los días, y uno se hace más desencantado, más frustrado, quizás simplemente más viejo. Así que en esos días, cojo el teléfono y llamó a mamá, o a L., para que ellas sean mis ojos en Galicia y me cuenten si los perros han vuelto a escaparse, si S. sigue con sus dilemas sentimentales, si en mi pueblo la vecina se sigue besando con el profesor de kárate en las esquinas. O me siento en las escaleras del portal de Vallehermoso y veo a la lluvia caer quedamente, por entre los coches sin alma. Amo Madrid pero esos días sé que estoy a 600 km, recorriendo campos de margaritas con abuela. En casa.

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Están as nubes chorando

Y entonces es cuando vuelves de Marruecos,de ese sur que últimamente es cada vez más tu norte, y te encuentras con que ya no están. Con que una parte de las Fragas do Eume ha ardido, devorada, finiquitada, increíblemente desaparecida. Quienes hemos tenido la suerte de no haber perdido todavía a alguien importante en nuestras vidas tenemos una especie de confianza en la eternidad de las cosas, en creer que aquello que nos hace felices, que forma parte de nuestro pasado (que al fin y al cabo es quien nos ha construido), nunca desaparecerá. Hoy ha sido día de prensa online no abierta, de televisores apagados. Sé que las Fragas se consumen y, sí, cobardemente no quiero ver que desaparecen. Como la niña que no puede asistir al entierro de un ser querido porque sabe que esa imagen no le dejará dormir el resto de su vida. Al fin y al cabo, yo volvía de la escuela entre campos de margaritas de la mano de abuela. Y otras fragas acunaron mi infancia. Al fin y al cabo, soy nieta, bisnieta, tataranieta de las fragas, aunque ahora viva entre edificios de diez pisos y polución. Los hijos del bosque nos hemos quedado huérfanos.

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