La tecla de la vida. O una vida sin teclas

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A mi ordenador (el pequeñito, ese de un rosa que detesto pero que elegí por razones presupuestarias), se le acaba de caer una tecla. La del seis y el “and” anglosajón, extraña caída cuando se trata de una de las piezas que menos uso en ese teclado que no dejo de toquetear entre tesis a vueltas y artículos varios. Así que supongo que es una tecla vaga. Que los tiempos han cambiado, y que hasta los ordenadores han perdido capacidad de sacrificio (parafraseando a los abuelos que dicen lo mismo de sus nietos). Mi ordenador antiguo, ese que al lado de los modelos que acaban de salir al mercado parece casi antediluviano, también perdió una tecla. Creo, que en este caso, por agotamiento. Era la W. Cada vez que la tecleo, que toco la pequeña protuberancia que ahora ha quedado en su lugar, me recuerda que ahí falta algo.

Y qué curioso, porque cada vez que recorro esa superficie en la que se siente un vacío no puedo evitar pensar que ese ordenador sin tecla no está tan alejado del diferente aroma que tienen las ausencias. Hay quienes se van y dejan en el aire su perfume. Como cuando te despiertas por la mañana y el amante ocasional se ha ido dejando un olor penetrante, el sudor sobre tu piel desnuda, que te recuerda a él pero que no te hace daño, tan leve ha sido su huella. Hay otros que se van y ni siquiera recuerdas que se fueron. Hasta que alguien susurra su nombre, un detalle, una anécdota, y entonces, de repente, vienen a tu mente y se van con la misma fugacidad. Luego están aquellos que son como la W. Su presencia era tan esencial que nunca podrás dejar de recordarlos, porque los recovecos de tu vida te llevarán, como los del teclado, a intuirlos a cada segundo. Pero sí, como la W, también aprendes a vivir aunque no los tengas ahí al lado, aunque sepas que el texto de tu vida, como el de un documento en Word, nunca volverá a estar completo sin ellos. 

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Ventanas

Me fascinan las ventanas de patios de vecinos. El regusto comunal que dejan en un Madrid que a menudo te sabe únicamente a individualismo. Las conversaciones lanzadas al aire en mitad de la tarde cálida de mayo. Hoy, mi vecina preguntaba a sus hijos si querían filetes o cinta de lomo. La duda existencial del lineal de carnes baratas del supermercado. Y una niña que se adivinaba de Primaria repetía incansablemente un “Oh yeah” con acento de Parla. A través de la ventana, otra vecina me conminó hace meses a sacar los zapatos del alféizar. Quería vender el piso y las zapatillas desgastadas daban mala imagen, me decía. Me negué. Ahí se quedaron, y cada mañana, escuchan las conversaciones en filipino de las criadas de esa misma señora. Quizás ellas, en ese idioma incomprensible que a veces me acuna cuando despierto, también son conscientes de para cuánto da una ventana de vecinos.

Me hago fan

Me hago fan de Wennie y de su excusa para no delatarme cuando abrió la puerta y se encontró con una marabuna de cojines y sábanas que se apresuraban a cubrir lo que no es para compartir con compañeros de piso. De los bebedores de té que siguieron impávidos, bebidas en mano, tras aquel coche aparcado frente a la costa de España. Y de ese señor que a horas intempestivas, cuando iba a abrir el portal de casa, me detuvo con un gesto mientras murmuraba “Tranquila, tú sigue con tu amor”. Me hago fan de todos los que disimularon, comprendieron e incluso sonrieron en aquellos momentos en los que tan fácil habría sido atacarme, rendida como estaba a huir de la racionalidad.

A veces llueve …

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A veces llueve en Madrid. Al principio, uno no sabe si es realmente lluvia o el grifo de la vecina abierto a máxima potencia. Tan poco acostumbrada es aquí su presencia. Y tan ajena, cuando para mí nunca ha sido extraña. Pero si creces con lluvias que traen el silencio y transitan por empedrados y verde, que dejan huella en el ambiente con su olor, esto sabe a poco. A asfalto y a atascos. A un punto de mala hostia en los cruces y en los semáforos. A un invitado poco deseado. Siempre que llovía en Santiago la ciudad se hacía hermosa como una novia a punto de caminar hacia el altar de un matrimonio deseado. Se volvía coqueta y mostraba que ese, en aquel momento, en aquel preciso instante, era su sitio. En Madrid la lluvia cala a las malcasadas, a las viudas depresivas a quienes no se atreven a romper con su vida por más triste que esta sea. A mí me trae siempre la morriña de pies mojados y mochilas cargadas de las tardes de universidad en Santiago, cuando el mundo era un lienzo mucho más en blanco de lo que lo es cuando pasan los días, y uno se hace más desencantado, más frustrado, quizás simplemente más viejo. Así que en esos días, cojo el teléfono y llamó a mamá, o a L., para que ellas sean mis ojos en Galicia y me cuenten si los perros han vuelto a escaparse, si S. sigue con sus dilemas sentimentales, si en mi pueblo la vecina se sigue besando con el profesor de kárate en las esquinas. O me siento en las escaleras del portal de Vallehermoso y veo a la lluvia caer quedamente, por entre los coches sin alma. Amo Madrid pero esos días sé que estoy a 600 km, recorriendo campos de margaritas con abuela. En casa.

Puertorriquiño

Tenía que dedicarle una entrada. Sonreía y tenía nombre de músico. Wagner. “Sí, como el compositor, pero yo no compongo nada”. No importaba. En medio de un lugar sin magia, ponía la luz. Y un día, hablando con S. sobre él, las letras confudieron el camino (o quizás lo buscaron, sabias lectoras del inconsciente) y acabé llamándolo “puertorriquiño”. S. me dijo que nunca podría no querer a alguien con ese nombre. Y ella siempre sabe de qué habla.

Y entonces es cuando te preguntas: ¿cómo algo tan malo pudo estar tan bien?

Amor a prueba de ácaros

A algunos, el amor se les acaba por una infidelidad, por la distancia, de tanto usarlo, como en canción de pasión arrebatada. A K, el amor se le acabó por culpa de los ácaros.

1. m. Zool. Arácnido de respiración traqueal o cutánea, con cefalotórax tan íntimamente unido al abdomen que no se percibe separación entre ambos. Esta denominación comprende animales de tamaño mediano o pequeño, muchos de los cuales son parásitos de otros animales o plantas.

Cuando esos arácnidos de dudosa incitación al amor se colaron en la garganta de K., su corazón empezó a emitir señales contradictorias: ¿merece la pena estar tirada en cama rodeada de pañuelos de papel cuando podría estar entre sábanas libres de alergias? Nunca supo cuál era la causa de esa alergia: si la producía R., ese hombre de coche de lujo con el que bromeábamos sobre su posible capacidad para hacerla vivir como una mantenida en modo “mi novio me lo consiente todo” o la casa de R. El caso es que ir a verle era comprar un boleto para el médico. Una relación de amor entre pastillas, estornudos y lágrimas de enferma. Un asma sentimental.

Así que un buen día, K. puso en la balanza salud física y entrega sentimental. Ácaro y sentimiento. Y el caso es que los bichillos ganaron la partida al corazón, pérfidos como son, infatigables, penetrando gargantas, enrojeciendo rostros, eliminando libidos y palabras de amor. R. había sido la relación más larga de K. hasta el momento. Y ese amor incipiente había superado reticencias, dudas e inseguridades. Pero en su esencia no estaba todavía pasar la prueba del ácaro.

-“¿Dónde has aprendido a follar así, como una perra, con todos?”

-“En las películas porno. Como tú”.

 

Exils. 2 de la madrugada. Haciendo oído en un idioma que sigo detestando pero con el que, irremediablemente, voy a tener que convivir.

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