Me hago fan

Me hago fan de Wennie y de su excusa para no delatarme cuando abrió la puerta y se encontró con una marabuna de cojines y sábanas que se apresuraban a cubrir lo que no es para compartir con compañeros de piso. De los bebedores de té que siguieron impávidos, bebidas en mano, tras aquel coche aparcado frente a la costa de España. Y de ese señor que a horas intempestivas, cuando iba a abrir el portal de casa, me detuvo con un gesto mientras murmuraba “Tranquila, tú sigue con tu amor”. Me hago fan de todos los que disimularon, comprendieron e incluso sonrieron en aquellos momentos en los que tan fácil habría sido atacarme, rendida como estaba a huir de la racionalidad.

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Y es entonces, en el preciso instante en que es el otro quien toma las riendas y te dice “Adiós”, cuando crees que él es quien mejor te ha amado, quien mejor te ha tratado, quien mejor te ha follado. Y a lo largo de tu vida hay 1, 2, 15, 100 (eso ya depende de la capacidad de regeneración cardiaca de cada una) sobre los que piensas lo mismo. Cuántas horas desperdiciadas desdeñando la estadística. ¡Y cánto daño han hecho los que nos hablaban de un amor en toda la vida!

Vestuario sentimental

Esta temporada se llevan los vestidos de amor de un día, los foulards que mitigan el frío del corazón, los leggins que nunca te podnrías para una cita en la que quieres que acaben por arrancarte la ropa. Para la noche, proponemos sujetadores anti-libido y bragas que invitan a despojarte de ellas. Quienes lo necesiten pueden hacer uso de nuestros albornoces, que secan hasta las pieles ma´s anegadas por el llanto de la tristeza o la saliva de una boca acostumbrada a quemar la vida a golpe de besos infinitos. Y recuerden: abríguense porque, aunque estemos en primavera, uno nunca sabe cuando un resfriado puede arruinarle un buen polvo. O una declaración de principios. O un baile con aquel chico feo que, sin embargo, quisieras que te agarrase de la cintura hasta que no quedasen más canciones.

De mares y peces

Me decía D., en una conversación nocturna de cocina y pre-cena, que hay más peces en el mar. En el caladero que en tantas cosas es la vida, sin duda las redes pueden pescar casi de todo. Pero a veces, algunos días, a algunas horas, por momentos, una sólo quiere al pez dorado que se esconde detrás de la piedra más recóndita del océano. Por capricho o por verdadera convicción de que es aquel con el que quieres mojarte.

Deseos trasnochadores

Hay días para lo épico, lo grandilocuente, lo que se queda marcado con letras doradas en el anuario de la Historia, esa que se escribe con mayúsculas y estudiarán los hijos y nietos. Pero esta noche, a mis Reyes Magos trasnochadores, como yo misma, sólo les pido el roce de tu piel. Como este año he sido una niña traviesa, es probable que me denieguen un deseo tan simple. ¿Tendré que esperarme hasta el 6 de enero para ver si se cumple?

 

 

A los no-hombres de mi vida 

Para quien de pequeña comparte su cama con las narraciones oscuras de Dostoievski, las intrigas palaciegas de Emilia Pardo Bazán o las mujeres fuertes de los poemas de Lorca, ser una princesita nunca ha entrado en sus planes. Una se imagina de mayor recorriendo selvas, atravesando lagos, conociendo tribus remotas, viajando por países plagados de misterios. Y al final lo que se encuentra para compartir con ella esos sueños no son ni aguerridos aventureros, ni poetas de alma atormentadamente atrayente, ni personajes oscuros que querrías llevarte a tu cama nada más conocerlos. Son, en la mayor parte de los casos, personas terriblemente normales. En definitiva, los no-hombres de mi vida.

J. fue uno de los primeros y dejé que su recuerdo perdurase demasiado tiempo, inexplicablemente aferrado a mí, doloroso, diría que hasta trágico, hijo de una época en la que me gustaba sufrir como Magdalena Penitente. Y fue, quizás, el único que por un momento me hizo soñar con historias de princesitas algodonosas abandonadas lánguidamente a su príncipe (aunque al minuto siguiente se recuperasen pidiendo y dando guerra). Mus pasó volando, leve como el poemario lorquiano que sostenía entre sus manos mientras lo perdía de vista en el metro de Londres.M. me enseñó la geografía de Oriente Medio a golpe de mapa en braga y cama mullida. Quise  a B. apasionadamente por unas horas, y con la misma fugacidad me perdí entre las calles de Madrid con D., aquel tío que ofrecía arroz a las cuatro de la madrugada entre ritmos de bossanova, a quien nunca podré agradecerle lo suficiente su entrega. Quemamos tantas etapas aquella noche que no podía sino ser única y no volver a repetirse.

M., a quien con S. decidimos apodar “el nabo de Lugo”, aunque nunca hubo oportunidad de medir el acierto de aquel calificativo, me llevó un pedacito de casa cuando estaba tan lejos de ella.Y mi no-hombre St. recorría las calles de mañana con familia incluida días después de que esa misma familia se le hubiese olvidado en terrazas nocturnas, entre ponche y vestido de lunares ajustado.

Sólo quiero jugar, y no soy tu princesa.

 

De jarrones chinos y Superglue

Tenía los ojos más azules que recuerdo y me dejó el corazón partido en tantos pedacitos que recomponerlos era como intentar pegar un jarrón chino con ápices de Superglue: empresa imposible en la que uno deja la paciencia, las fuerzas y, si se descuida, jirones de piel sobre la encimera de la cocina. De la batalla perdida me quedaron las esquirlas en el cuerpo y la obligación de no volver jamás a traicionarme. De tod@s aquell@s que me han acompañado en la aventura, siempre fatigante, que supone ser una misma, nace este blog. Una criatura que se moverá entre la literatura y la realidad sin dar nunca pistas de hacia dónde tira en cada post. Porque al final, a una que no le cuesta desnudar el cuerpo le resulta terriblemente doloroso hacer lo mismo con el alma. Sensicopatías no sería sin S. y los centenares de horas de conversación que hemos cruzado entre Madrid y Amberes. Pero tampoco podría entenderse sin K., la niña de la melena salvaje con quien he vadeado naufragios sentimentales. Ni sin L. y el consultorio hispano-sirio que hemos montado a golpe de chat. M., gracias por ayudarme a empezar a vislumbrar el nombre para Sensicopatías. De todas, este blog tiene pedazo.

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