A R., que me enseña a transitar cielos que sin él nunca podría haber visto.

Atardecía en Tánger y desde el ventanal de tu casa el sol  caía a plomo, enorme, dorado, increíble como lo es siempre al otro lado del Estrecho. Recuerdo a Harpo sobre el sofá y la sensación de no querer irme, de querer prolongar mi pedacito de paraíso lejos del asfalto de Madrid. No importa que pasen los años, que transites países, que al final sea un Facebook el que te une a la una de la madrugada para contarte qué le ha pasado a P., por qué sigues triste, qué bueno que hayas abierto un blog. Porque al final siempre seremos dos niños que aman Madrid, sueñan con Beirut y retroalimentan su sueño de ser algo más que una casa, una hipoteca, un matrimonio, un hijo. Quizás perdedores prematuros de la vida. Porque la vida, esa que tantos otros han decidido vivir, no entiende de idealismos, ni de noches en el Youki, ni de travestidos en traje de noche en los bajos del Black and White. Odio a los conformistas, a los que no entienden que tú, que yo, que nosotros, somos tan diferentes que no entramos en compartimentos estancos. Odio las etiquetas, porque en el gran teatro de la vida, lo más difícil es improvisar. Me gustan los que como tú, pueden llegar a sentirse idiotas cuando son jodidamente perfectos para mí. Un check-in indefinido, un dedo perdido en la inmensidad del mapa. La mirada ausente de quienes nos sabemos frágiles, o vulnerables, o ridículamente débiles. Ambiciono. Deseo. Exijo. El mundo debería estar hecho, R., para los que vendemos nuestra cabeza por recorrerlo.

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