He venido a devolver mi Corán

Sencillo ritual de regalos de ex, modo non return: bolsa de plástico de Simply. Papelera. Tapa arriba. Tiro regalo. Bajo tapa. 

 

Durante años he seguido el mismo proceso a la hora de deshacerme de los regalos que me hicieron quienes alguna vez amé, quise o simplemente follé. Verlos pulular por mi casa como fantasmas nunca me ha convencido. Me han dicho que soy cruel, que cómo puedo terminar así con parte de mis recuerdos. Yo prefiero pensar que de esa manera no me asaltarán y descansarán en paz en la otra vida del basurero, entre toneladas y toneladas de desperdicios sentimentales. Pero este regalo era diferente. Este regalo era un Corán. Y se quedó ahí sobre la mesa de mi salón una vez que H. se fue. Con sus tapas doradas y verdes, con sus shuras en tres idiomas. Mirándome. Interrogándome. Diciéndome, ¿qué, al final no has podido ser la perfecta esposa musulmana que él quería? Pues mira, no. Pero aunque el libro inquiría cada uno de mis pasos, esta vez cambié el ritual de la papelera por el de la maleta. Ahí se quedó arrinconado, y de ahí pasó luego al cajón-desván de la nueva casa. No era capaz de deshacerme de él, pero tampoco lo veía. Ya lo dice el refrán. Ojos que no ven… 

Y hoy, me llamó para pedirme su Corán. El Corán que nunca leí, ni hojeé, que se quedó arrinconado esperando unas manos más devotas que las mías para acunarlo. Las manos que antes me acunaban a mí ahora pasarán sus hojas y quizás, cuando en algún párrafo se detengan, subrayando frases con el dedo, recordarán por un momento que yo también recorrí esos dedos, en un tiempo en el que la ternura fue nuestro único libro de cabecera. 

Ángeles con domicilio fijo

Yo, que siempre he huido de las ataduras de pasar demasiado tiempo en el mismo sitio, admiro profundamente a quienes son capaces de vivir día tras día viendo los mismos amaneceres. Los admiro porque son quienes cuidan de las personas que dejamos atrás los vagabundos, y porque están ahí para recibirme cuando regreso tras la última partida, haciéndome sentir que en este mundo de certezas improbables queda todavía espacio para la seguridad. Santiago no sería lo mismo sin las conversaciones eternas con L., que sigue guardándome un pedacito de sí misma desde que terminamos la carrera, siempre preparado para cuando desembarque en Compostela. Y no podría ver Coruña igual si S. no estuviera allí para recibirme, aunque la haga esperar horas y horas en la estación. Y la cama de R. siempre está preparada, como un hotel de lujo cinco estrellas, para acogerme cuando me dejo caer por Madrid. En casa, la única y verdadera aunque haya recorrido tantas, mi familia me recuerda quién sigo siendo a pesar de que hayan pasado casi diez años desde que dejé atrás mi pueblo a tiempo completo. Sin todos esos ángeles con domicilio fijo, qué huérfanos nos sentiríamos los que no podemos dejar de volar. Ellos son, sin duda, el auténtico hogar para quienes, como yo, todavía no hemos encontrado nuestro sitio en el mundo.

Sobrevolando Madrid

Caminar sobre las ruinas de un mundo que era tuyo, y sentir el peso insoportable de la melancolía. Follar como animales y que se te quede puesto en el pie derecho un calcetín de patito que te recuerda lo niña que sigues siendo. Coger una sucesión de aviones deseando que lleguen a su destino, a la que ahora es tu casa. Y no poder dejar de echar de menos la auténtica, a la que perteneces. Tener yogures de varios sabores para elegir y quedarte con aquel al que ya le han lamido la tapa (entre otras muchas cosas). Ser consciente, a cada respiración, de lo profundamente viva que te sientes. Y eso, de momento, basta.

Muñequitas tontas

Doy fe de que eres hermoso. Podría pasar horas contemplándote mientras cae la luna sobre los tejados. Y mientes más que hablas. Probablemente. Así que hoy he comenzado mi papel de muñequita tonta. Asiente, es bella a tus ojos y sonríe cuando se supone que debería hacerlo. Pero la muñequita es en el fondo loba esteparia, ávida buscadora de otros cuerpos, huidiza aunque creas que entre tus brazos apresas su corazón. Y lo único que sostienes es su cuerpo, que se entrega porque deja la cabeza a buen recaudo. Porque en ella ya no entras y porque el roce sobre su piel ha sido ya compartido por otros y nunca más te pertenecerá en exclusiva. Colocas a la muñequita sobre la estantería de lo seguro y crees que suspirará por ti entre llamada y llamada, pero en la bandeja de salida de su teléfono se suceden los mensajes con destino a Ken desconocidos y Action Man de plástico impoluto. La muñequita quiso ser tuya, pero se cansó de esperar a que el juego fuese justo. Y amigo, cuando se hacen trampas, uno corre el riesgo de perder igualmente la partida. 

Sainetes sentimentales

Hay rupturas consensuadas, agresivas, ininteligibles. De las que te hacen llorar y dar puñetazos contra la pared, pero también de las que experimentas como un alivio para el alma. Luego están las otras. Los sainetes sentimentales. Las que resultan tan surrealistas, estúpidas y jocosas que te crees protagonista involuntaria y cómica de una obra cutre en la que, paradojas de la vida, aquel a quien habías puesto sobre un pedestal cae bajo el peso de su propia gilipollez. Y mira por dónde, los sainetes sentimentales resultan también liberadores. Se elimina la fase de duelo por lo que no pudo haber sido, y el acento mental recae sobre la estupidez del otro. La obra se cierra con un final indudablemente cutre, del que sin embargo, agradeces su capacidad para haberte librado de días, semanas, meses, ¡horror!, ¡años!, de haber vivido al lado de la persona equivocada. Y es entonces cuando se baja el telón.

Mensaje de aviso para corazones

Se ha producido un error. 

 

No ha elegido a la persona correcta. 

 

Inténtelo de nuevo en otro momento de su vida. 

 

Si el fallo persiste, llame a su madre o a sus amigos.

Amo

Amo los penes erectos. Y la sensación de poder que te produce ver el rostro a ti rendido de aquellos a quienes se los has puesto así. Amo dibujar líneas curvas en su espalda. Amo Marruecos, aunque a veces, como en los grandes amores, me cueste tanto llevarlo. Aunque cuando acortes la falda, parezca que se dibuja sobre tu cabeza rizosa una bandera de España que arranca “Guapa” y “Hola ¿cómo estás?” a tu paso, provocando que te preguntes cómo será tu vida cuando vuelvas a esa España y dejes de ser la reina del boulevard. Cómo será despertarse sin ese sol que penetra ventanas y retinas hasta provocar que te preguntes si la vida no había sido un poco más gris antes de conocerlo. O cómo podías haber vivido sin haberlo hecho. Se acercan días de alejamiento del Estrecho y de vuelta a una Galicia mucho menos luminosa, que siempre me recuerda quién soy. La nieta del sastre, la hija de Marina, a la que miran cuando camina por las calles del pueblo porque hace tanto que se fue que ya nadie se aventura a adivinar si es la misma que volvía a casa siempre cargada de libros. En las calles de mi pueblo, la gente te mira, pero de su boca no sale un piropo. Y aun así, también como en las grandes historias, esa gente me ha hecho como soy. Y no puedo dejar de amarla. 

Confianzas. Des…

Confianzas. Desconfianzas. Gira la rueda hacia el lado del dejarse llevar, y en una vuelta de tuerca vuelve el prefijo maldito a hacer tambalearse las riendas de tu vida, la sonrisa que se había pintado en tu rostro. Confianza. Desconfianza. ¿Cómo tenerla hacia los demás cuando a veces te cuesta hasta confiar en ti misma y en tu capacidad para decir “Yo nunca”, “Jamás”, “Te he olvidado”? Confianza. Desconfianza. Aguijoneando como la avispa más atroz. Y tú, moviéndote entre el deseo de quedarte con la primera y la seguridad que proporciona la segunda en su consejo de no hacer nada, de no tentar a la suerte, de no arriesgarte por quien no puede proporcionarte la seguridad mullida del sofá de casa. ¿Razón o corazón? ¿Sin riendas o bien sujeto? ¿Placer ahora o sufrimiento después? Y la confianza y la desconfianza, como todo lo importante en esta vida, vienen sin manual. 

Llegué al aero…

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Llegué al aeropuerto destruida, hecha un mar de lágrimas que pujaban por quedarse dentro cuando su única salida natural era ser despedidas hacia todos los rincones de la T1. Embarqué para Venecia, y la ciudad que desde pequeña había soñado visitar fue tan triste que recuerdo sus puentes empañados por el olor a nostalgia. Hacía frío y mamá quería cubrirme con un foulard, sin saber que llevaba la helada en el alma. Y esa, tan honda, no puede cubrirse ni con la mejor manta de lana. Aquella Venecia no podía ser la que había contemplado en fotos, con la que había soñado. Tenía que haber otra, escondida entre los pliegues de mi tristeza. Pero nunca lo supe. Los días se deslizaron entre canales y yo volví a Madrid, anegada, derrotada, como los príncipes que soñaron imperios detrás de impresionantes cristaleras y a quienes el tiempo ha dejado convertidos en polvo, en una placa que recorres en cualquier museo, en una losa perdida entre telas de araña. Todavía sigo soñando con la verdadera Venecia. 

 

*Foto de giuliamara, en Flickr

Es bonito

Es bonito dejarse llevar. Y que haya momentos en los que se te cae la baba de tal manera que podrías llenar con ella una palangana. O que te sientas estúpida porque sonríes aunque sepas que no deberías hacerlo, porque quizás tu interlocutor te está hablando de algo realmente grave. Algo que merece contención, cuando tú sólo querrías saltar por las esquinas para gritar que en la calle Libertad has reído como hacía meses que no lo hacías.

Es bonito y, al tiempo, tan frágil que no puedes evitar poner todos esos momentos entre paréntesis y envolverlos en el papel frágil de lo que sabes que se terminará. Entonces, cogerás esos recuerdos, los meterás en la cajita más hermosa que tengas en casa y los pondrás bajo llave, para que no hagan daño. Y un día, si tienes nietos, cuando todos los demás abuelos les digan que vivan la vida con calma, que cuidado con esto y cuidado con este, tú sacarás esos recuerdos, y les dirás que vivan, que al final, lo que se llevarán cuando tengan tu edad serán un montón de recuerditos como esos, almacenados en el rincón de la mente donde anida la felicidad. 

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