Hay días teñidos de melancolía en los que una se acuerda de lo que pudo ser y no fue, de las personas que perdió por el camino, de las cosas que se quedaron sin hacer. Tengo una vida razonablemente feliz. Pero entonces recibí mensaje de M., una de esas amigas que en tu imagen mental veías contigo cuando tuvieses 70 años y te dedicases, bata de guatiné sobre los hombros, a mirar pasar la vida, y que de repente desapareció de ella. Y con el mensaje llegaron los recuerdos, y entonces una se da cuenta de que ya no tiene 15 años, ni siquiere 20 (¡ni siquiera 25, Oh My God!). Y que quizás, o inevitablemente, en el macuto de la madurez va incluida la pérdida, como en la letra pequeña de los contratos. 

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