Aquellos a quienes un día amé

Tienen los viejos amores el regusto amargo de lo que pudo ser y no fue. De las hojas caídas en otoño o del yogur caduco en la nevera que a veces te comes a riesgo de saber que puede hacerte daño en el estómago. Nos regodeamos en ellos, bebemos de sus antiguas conversaciones, olores y sabores, y a veces, en las noches oscuras y frías, descolgamos el teléfono o abrimos el mensaje que nunca nos atrevimos a borrar. Las palabras antiguas o la voz al otro lado del teléfono crean por un momento la ficción de que seguimos atados al otro. Es curioso bañarse en el barro de las antiguas decepciones para evitar pensar en las que ahora nos rodean. Es melancolía pura la que nos invade cuando descubrimos en el fondo del cajón un regalo que en su día abrimos con emoción y que ahora tememos redescubrir. Quizás por eso yo elimino las pruebas, como delincuente del delito de amar. Vaciado de mensajes, regalos a la basura, números de teléfono borrados definitivamente. Tengo mi propia damnatio memoriae, y se ejerce sobre aquellos a quienes un día amé.

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