Melancolías

La melancolía escuece y se desliza por la vida como una de las lagartijas que veía de niña, corriendo entre las piedras en los escasos días en los que en Galicia hacia sol, y lo disfrutábamos como una bolsa de caramelos repleta, como la mejor partida de canicas de la historia. De repente te das cuenta de que te aproximas inexorablemente y más rápido de lo que gustaría a los treinta, y te preguntas si vas a tener tiempo de hacer todo aquello que querías hacer cuando eras pequeña y creías que, a ritmo de uno por día, podrías acabar leyéndote todos los libros de la biblioteca del colegio. Te preguntas, en esa nube de melancolía que de repente lo invade todo, si la vida no puede volver a ser tan simple, si una sonrisa no se puede esconder en un simple bocata de Nocilla, si no puedes regresar al tiempo en el que D. y tu erais los reyes de una tierra que no tenia limites, y de un cielo al que ascendías subida en columpio. Te preguntas por que a veces, si eres tan joven, te sientes tan vieja, y si algún día conocerás el significado de eso que otros de tu edad denominan “madurar”. Como si hacerlo no fuese un pasaporte de camino al morirse, poquito a poco, entre hipotecas, coches a plazos e hijos no deseados…

En la casa de enfrente se encienden las luces e intuyo calor de hogar tras las cortinas rojas. Una pareja camina de la mano y piensa en acurrucarse al llegar a su apartamento. Te echo de menos porque me he acostumbrado a tu olor y a tu risa, porque si hubo un tiempo en el que me veía como una eterna solitaria, conseguiste cambiar mi opinión a golpe de paciencia y cariño. A veces me siento como una niña pequeña en tus brazos, y no me creas cuando te digo que no me gusta que me protejas. Es sólo que así me hago la fuerte, aunque me hayas enseñado durante este tiempo que los verdaderos valientes son los que dicen lo que sienten incluso cuando no sepan si el otro va a sentir lo mismo.

Morriñadas

Esta que escribe necesita tener un día morriñento para retomar el blog que había abandonado tantos meses atrás. Aunque la felicidad rezume por los poros, la melancolía se empeña a menudo en aderezarla, sea por una brizna de tiempo, sea por una jornada, una semana o un mes entero. La morriña no entiende de medidas y lo cubre todo como un manto negro. Morriña de infancia que aunque los números digan que no esta tan lejana, a veces parece perdida en la bruma de los tiempos. Morriña de que te digan que en Baio graniza y tú no puedas verlo. Morriña de no tener a mama cubriéndote con la mejor manta de la casa y diciéndote que todo irá bien, como cuando eras una canija insegura, como lo sigues siendo en tantos aspectos. Morriña de que queden lejos los días en los que abuelo y abuela te llevaban con el primo de vacaciones, y el mundo era un verano. Morriña de ser menos inocente, de tener que reflexionar más las cosas, de que las circunstancias, a veces, te hayan convertido en una cabrona cuando tú solamente eras una niña tímida que se escondía detrás del pupitre. Morriña de tener morriña y de sentirse, a veces, tan frágil como en los tiempos en los que todavía no entendías el significado de la palabra morriña.

Hay días teñidos de melancolía en los que una se acuerda de lo que pudo ser y no fue, de las personas que perdió por el camino, de las cosas que se quedaron sin hacer. Tengo una vida razonablemente feliz. Pero entonces recibí mensaje de M., una de esas amigas que en tu imagen mental veías contigo cuando tuvieses 70 años y te dedicases, bata de guatiné sobre los hombros, a mirar pasar la vida, y que de repente desapareció de ella. Y con el mensaje llegaron los recuerdos, y entonces una se da cuenta de que ya no tiene 15 años, ni siquiere 20 (¡ni siquiera 25, Oh My God!). Y que quizás, o inevitablemente, en el macuto de la madurez va incluida la pérdida, como en la letra pequeña de los contratos. 

Ruido

Me he mudado. Y he cambiado un piso cuasi conventual por otro desbordante de ruidos. El vendedor de pescado por las mañanas, la lavadora traqueteante a un metro del ordenador, las palomas y sus sonidos indescifrables de primera mañana. Coches, y gente que parlotea, y la conversación risueña de las peluqueras de enfrente. Con el ruido que a veces martillea y detiene mi teclear, pero que inevitablemente confirma que respiro, siento y vivo. Ruido.

Aquello que algún día fue bueno

Compramos el póster en una tienda del boulevard de souvenires añejos y bolsos colganderos buscando desesperadamente dueño. Atendía detrás del mostrador un hombre entrado en años, nacido en tiempos de un Tánger internacional que ya no iba a regresar. Los objetos se amontonaban en medio de vitrinas caducas y polvorientas, y mientras R. decidía qué se compraba, a mí me invadió un sentimiento profundo de melancolía. Me sucede siempre que observo tiendas que se pierden, zapatos sin dueño tirados en mitad de la calle, perros abandonados. Desechos sentimentales y fotos en sepia que recuerdan que un día fuimos felices. Y me invade la melancolía porque adivino que aquello que ahora no tiene arreglo algún día fue bueno. Y porque recuperar ese pasado es tan improbable como pretender que las paredes de la tienda se reconstruyan, el zapato encuentre su par y el perro su dueño, el amor vuelva a recordarte y la foto te devuelva, ahora en color, la juventud que perdiste por el camino. 

Placeres sencillos para días complejos

-El olor a pimiento verde fresco derramándose por el filo del cuchillo
-Que el sol te caliente los pies
-Oir música de boda, o de bautizo, o de fiesta (la música es lo que cuenta)
-Abuela al otro lado del teléfono. Sin más. Porque ella lo vale
-Luz, luz, luz y más luz colándose por entre la ventana
-Que al salir de francés, S. te recoja y te lleve de cañas. Sin más. Porque él lo vale
-Saber que todo irá bien. ¿Cómo iba a ir si no?

Hace en Tánger el calor dulce de los buenos tiempos. El que nos fascina a quienes venimos del Norte, porque nos permite caminar bajo la luna en mangas de camisa. Esta mañana hablaba con S. sobre mi definición de temperatura ideal, y llegaba a la conclusión que es la que me permite pasar día y noche en tirantes. Al final uno siempre ansía lo que nunca tuvo, y en mi Galicia de la infancia y la adolescencia, la rebeca forma parte del atuendo de estío. Hoy hace en Tánger el calor dulce de las noches serenas y el cielo está plagado de estrellas, En Madrid dejé de contarlas, porque los edificios eran tan altos y las luces tan intensas que una se olvidaba de qué corría sobre su cabeza. Ahora han vuelto y uno puede pasarse la noche en el balcón, simplemente saboreando, sorprendida, el dulce gusto de lo que parece la simple felicidad.

De bragas y otras menudencias

bragas

Ayer comentaba con S. el tiempo posible de secado de mis bragas al viento tangerino. Son las bragas una prenda curiosa. Hay quien las hace diminutivo y pronuncia con complacencia ese “braguitas”. Quien las detesta y opta por un tanga escueto (benditas quienes tienen culo para lucirlas) o a quienes se les quedan cortas y se pasan al culotte. Sabemos que las transparentes y con lacitos son monas pero incómodas, y reconocemos, de cuando en vez, las ávidas miradas de quienes sólo querrían vernos sin ellas. Combinadas con ligueros de fino encaje son el colmo de la sensualidad, y creo que están grabadas en las retinas de todas aquellas que mamá te obligaba a ponerte cuando se terminaban las “buenas”. “Ponte estas, que son muy cómodas”, te decía. Y tú sólo querías que ese no fuese el día en el que el chico de la clase de al lado decidiese deslizar su mano por entre tus piernas. Me pregunto si las bragas tienen vida propia, y evolucionan como lo hacen las mujeres que las portan. Si la misma inocencia de Mickey Mouse que tienen las que llevamos de pequeñas se transforma en falsa candidez cuando pasamos de los 15 y decidimos seguirlo llevando para jugar con él al gato y al ratón. Si una aburrida vida de pareja cambia las bragas de satén por las de algodón y cuello alto. Y si, cuando ya hemos decidido que no queremos que nadie nos las mire, porque nosotras mismas no nos vemos bellas ante el espejo, recogemos las últimas que tenemos en el cajón, y se vuelven costumbre las que antes sólo eran último recurso. Pero me hace sonreír el pensar que, quizás debajo de las faldas de esas abuelas circunspectas que pueblan los parques infantiles, nieto en mano, se esconden bragas con lazos, con satén, con los infinitos colores y formas que tienen los secretos bien guardados.

*Foto de Chris Blakeley, vía Flickr

Aquellos a quienes un día amé

Tienen los viejos amores el regusto amargo de lo que pudo ser y no fue. De las hojas caídas en otoño o del yogur caduco en la nevera que a veces te comes a riesgo de saber que puede hacerte daño en el estómago. Nos regodeamos en ellos, bebemos de sus antiguas conversaciones, olores y sabores, y a veces, en las noches oscuras y frías, descolgamos el teléfono o abrimos el mensaje que nunca nos atrevimos a borrar. Las palabras antiguas o la voz al otro lado del teléfono crean por un momento la ficción de que seguimos atados al otro. Es curioso bañarse en el barro de las antiguas decepciones para evitar pensar en las que ahora nos rodean. Es melancolía pura la que nos invade cuando descubrimos en el fondo del cajón un regalo que en su día abrimos con emoción y que ahora tememos redescubrir. Quizás por eso yo elimino las pruebas, como delincuente del delito de amar. Vaciado de mensajes, regalos a la basura, números de teléfono borrados definitivamente. Tengo mi propia damnatio memoriae, y se ejerce sobre aquellos a quienes un día amé.

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