Me hago fan

Me hago fan de Wennie y de su excusa para no delatarme cuando abrió la puerta y se encontró con una marabuna de cojines y sábanas que se apresuraban a cubrir lo que no es para compartir con compañeros de piso. De los bebedores de té que siguieron impávidos, bebidas en mano, tras aquel coche aparcado frente a la costa de España. Y de ese señor que a horas intempestivas, cuando iba a abrir el portal de casa, me detuvo con un gesto mientras murmuraba “Tranquila, tú sigue con tu amor”. Me hago fan de todos los que disimularon, comprendieron e incluso sonrieron en aquellos momentos en los que tan fácil habría sido atacarme, rendida como estaba a huir de la racionalidad.

A veces llueve …

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A veces llueve en Madrid. Al principio, uno no sabe si es realmente lluvia o el grifo de la vecina abierto a máxima potencia. Tan poco acostumbrada es aquí su presencia. Y tan ajena, cuando para mí nunca ha sido extraña. Pero si creces con lluvias que traen el silencio y transitan por empedrados y verde, que dejan huella en el ambiente con su olor, esto sabe a poco. A asfalto y a atascos. A un punto de mala hostia en los cruces y en los semáforos. A un invitado poco deseado. Siempre que llovía en Santiago la ciudad se hacía hermosa como una novia a punto de caminar hacia el altar de un matrimonio deseado. Se volvía coqueta y mostraba que ese, en aquel momento, en aquel preciso instante, era su sitio. En Madrid la lluvia cala a las malcasadas, a las viudas depresivas a quienes no se atreven a romper con su vida por más triste que esta sea. A mí me trae siempre la morriña de pies mojados y mochilas cargadas de las tardes de universidad en Santiago, cuando el mundo era un lienzo mucho más en blanco de lo que lo es cuando pasan los días, y uno se hace más desencantado, más frustrado, quizás simplemente más viejo. Así que en esos días, cojo el teléfono y llamó a mamá, o a L., para que ellas sean mis ojos en Galicia y me cuenten si los perros han vuelto a escaparse, si S. sigue con sus dilemas sentimentales, si en mi pueblo la vecina se sigue besando con el profesor de kárate en las esquinas. O me siento en las escaleras del portal de Vallehermoso y veo a la lluvia caer quedamente, por entre los coches sin alma. Amo Madrid pero esos días sé que estoy a 600 km, recorriendo campos de margaritas con abuela. En casa.

Puertorriquiño

Tenía que dedicarle una entrada. Sonreía y tenía nombre de músico. Wagner. “Sí, como el compositor, pero yo no compongo nada”. No importaba. En medio de un lugar sin magia, ponía la luz. Y un día, hablando con S. sobre él, las letras confudieron el camino (o quizás lo buscaron, sabias lectoras del inconsciente) y acabé llamándolo “puertorriquiño”. S. me dijo que nunca podría no querer a alguien con ese nombre. Y ella siempre sabe de qué habla.

Están as nubes chorando

Y entonces es cuando vuelves de Marruecos,de ese sur que últimamente es cada vez más tu norte, y te encuentras con que ya no están. Con que una parte de las Fragas do Eume ha ardido, devorada, finiquitada, increíblemente desaparecida. Quienes hemos tenido la suerte de no haber perdido todavía a alguien importante en nuestras vidas tenemos una especie de confianza en la eternidad de las cosas, en creer que aquello que nos hace felices, que forma parte de nuestro pasado (que al fin y al cabo es quien nos ha construido), nunca desaparecerá. Hoy ha sido día de prensa online no abierta, de televisores apagados. Sé que las Fragas se consumen y, sí, cobardemente no quiero ver que desaparecen. Como la niña que no puede asistir al entierro de un ser querido porque sabe que esa imagen no le dejará dormir el resto de su vida. Al fin y al cabo, yo volvía de la escuela entre campos de margaritas de la mano de abuela. Y otras fragas acunaron mi infancia. Al fin y al cabo, soy nieta, bisnieta, tataranieta de las fragas, aunque ahora viva entre edificios de diez pisos y polución. Los hijos del bosque nos hemos quedado huérfanos.

Y es entonces, en el preciso instante en que es el otro quien toma las riendas y te dice “Adiós”, cuando crees que él es quien mejor te ha amado, quien mejor te ha tratado, quien mejor te ha follado. Y a lo largo de tu vida hay 1, 2, 15, 100 (eso ya depende de la capacidad de regeneración cardiaca de cada una) sobre los que piensas lo mismo. Cuántas horas desperdiciadas desdeñando la estadística. ¡Y cánto daño han hecho los que nos hablaban de un amor en toda la vida!

Vestuario sentimental

Esta temporada se llevan los vestidos de amor de un día, los foulards que mitigan el frío del corazón, los leggins que nunca te podnrías para una cita en la que quieres que acaben por arrancarte la ropa. Para la noche, proponemos sujetadores anti-libido y bragas que invitan a despojarte de ellas. Quienes lo necesiten pueden hacer uso de nuestros albornoces, que secan hasta las pieles ma´s anegadas por el llanto de la tristeza o la saliva de una boca acostumbrada a quemar la vida a golpe de besos infinitos. Y recuerden: abríguense porque, aunque estemos en primavera, uno nunca sabe cuando un resfriado puede arruinarle un buen polvo. O una declaración de principios. O un baile con aquel chico feo que, sin embargo, quisieras que te agarrase de la cintura hasta que no quedasen más canciones.

Voy a construir…

Voy a construir una perrera sentimental. Y meteré allí a todos los perros del hortelano e hijos de perra con los que me he cruzado y con quienes me cruzaré año tras año. Y pobres, quienes los adopten.

De mares y peces

Me decía D., en una conversación nocturna de cocina y pre-cena, que hay más peces en el mar. En el caladero que en tantas cosas es la vida, sin duda las redes pueden pescar casi de todo. Pero a veces, algunos días, a algunas horas, por momentos, una sólo quiere al pez dorado que se esconde detrás de la piedra más recóndita del océano. Por capricho o por verdadera convicción de que es aquel con el que quieres mojarte.

¿Quién hablará de nosotros cuando hayamos muerto (en sus recuerdos)?

Me decía L. hace unos días que estaba convencida de que el que había sido su compañero durante cuatro años la había relegado a la categoría difusa de “Las ex”: una hilera más o menos larga, según el currículum sentimental de cada uno, a la que se destina a quienes en su momento significaron algo para alguien pero que acaban siendo relegadas por el tiempo a la categoría de “olvidadas”. Homogeneizadas en el sombrío corredor de lo que ya no importa.

Intentar convencer a L. de que su apreciación era errónea no sirvió sin embargo para calmar mi temor hacia la posibilidad que planteaba. Imaginar que en un tiempo pueda dejar de existir para quienes ahora me rodean y me hacen sentir que cuento. Se dice que sigues vivo mientras tu recuerdo continúa estando presente para quienes que te quieren. Pero la fragilidad de ese recuerdo no es menor que la de las alas de una mariposa. Se mantiene en tus hijos (si los tienes), en tus amigos (hasta que se van), en tus nietos (si te quieren), pero es tremendamente caprichosa cuando se trata del compañero que te ama en un determinado momento. Transitorio. Leve. Intenso y sin embargo, al mismo tiempo tan frágil.

Yo no sé si M., J., S., B. se acuerdan a veces de mí. Si siguen vibrando una milésima de segundo, como yo lo puedo hacer si los evoco. O si estoy ya en la hilera de los arrepentimientos y nunca, jamás, ni en las noches más oscuras de invierno, recuerdan que, al menos un instante, fuimos uno.

Índice de palabras que detestar: C de conformista

Y entonces aparecía ella: le gustaba porque era tierna, dulce (¿o dócil?), coqueta con un punto de sumisa, entregada, siempre entregada. Había renunciado a su carrera por él y eso era algo digno de agradecer. Deslizaba un beso furtivo entre croqueta y croqueta de calamares y le prometía un par de zapatos para el Año Nuevo. Algún día, ella tuvo aspiraciones. Soñó a cruzar océanos y conocer horizontes, a trabajar por su cuenta. Soñó, incluso (¡qué locura!) conocer a un hombre que fuese, ante todo, un compañero.

Hubo un día en que, de repente, tras un proceso fermentado de presiones sociales y miedos, en el que decidió que permitiría que un nuevo adjetivo pasase a definirla. Había sido pasional, inteligente, testaruda, luchadora en su fragilidad, respondona, difícil de llevar, tierna sólo con aquellos pocos que habían conseguido llegar a su corazón con coraza. Ahora sería, además, conformista. Un marido, una casa, unos hijos, unas mañanas tranquilas, sin tribulaciones, estériles pero acomodaticias, tristes y rutinarias, inmersas en el discurrir cotidiano de las parejasconhijosquehandejadodeamarse.

Cuando tengo sueños que me conducen al conformismo, y vuelvo a casa, y mis amigos de infancia están implantados en él, sólo pienso en un buen lingotazo de tequila con R., y Madrid a nuestros pies.

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